22/07/10 17:06

El monasterio de Santa Odilia es muy antiguo. Construido en lo más alto de un risco, sus muros se arriman a un precipicio con esa tranquilidad de espíritu que da el saberse desde siempre del bando vencedor. Los años han sentado bien al edificio, que alberga un buen restaurante y un hotel que atrae a turistas de toda Alsacia. Si un monasterio es un lugar retirado, la biblioteca de un monasterio lo es aún más. Es, pues, lógico suponer que la biblioteca de un monasterio durante la noche sea el lugar más solitario de la Tierra. El padre Dosnius compartía la misma opinión, y por eso frunció el ceño cuando vio cómo un pequeño agujero atravesaba de parte a parte la puerta que guardaba la entrada a la biblioteca. Se agachó, miró a través del orificio, hizo girar su dedo meñique en el diminuto hueco que se abría en la madera y mandó cambiar la cerradura. Apenas llevaba un mes como abad y nada sospechaba, pero su celo profesional detuvo un tiempo el desarrollo de nuestra historia. Ignoraba que el año anterior alguien había sustraído dieciséis libros –entre ellos, dos valiosos incunables– de aquella sala…
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15/07/10 00:56

La ciudad de Éfeso, donde nació Eróstrato, se extendía en la desembocadura del Caistro, con sus dos puertos fluviales, hasta los muelles de Panormo, desde donde se veía, sobre el mar de abundantes colores, la línea brumosa de Samos. Rebosaba de oro y tejidos, de lanas y rosas, desde que los Magnesios, sus perros de guerra y sus esclavos que lanzaban jabalinas, habían sido vencidos en las orillas del Meandro, y desde que la magnífica Mileto fue arruinada por los persas. Era una ciudad relajada, donde se festejaba a las cortesanas en el templo de Afrodita Hetaira. Los efesios usaban túnicas amorginas, transparentes, telas de lino hilado en la rueca de color violeta, púrpura y azafrán, sarápides color amarillo manzana y blancas y rosas, paños de Egipto color jacinto, con los fulgores del fuego y los matices móviles del mar, y calasiris de Persia, de tejido apretado, ligero, todos ellos tachonados en su fondo escarlata de granos de oro en forma de copelas.
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07/05/10 01:30
Toma, querido lector, una docena de huevos. Separa la mitad para freír una tortilla. Podrán faltar los huevos, el fogón o el cocinero, que la mitad de doce siempre resultará seis. Podemos imaginar más mundos. Algunos negros y fríos, tan viejos que ya nadie recuerda cuándo murió su última estrella. Otros con distintas leyes y diferentes ritmos, inestables y fugaces como pompas de jabón, pero concluir otro resultado es inconcebible. La misteriosa naturaleza de los números sugiere que son más auténticos que las montañas y las personas, que existen incluso fuera del tiempo y del espacio, más reales que la divinidad, cuyo íntimo ser se nos escapa por definición. No hay nada más evidente que un número. Paradójicamente, los números son innumerables. Algunos hombres se ven atraídos hacia ellos como las limaduras de hierro al imán y se ocupan en buscarles relaciones y parentescos, construyendo minuciosas genealogías en un intento de poner orden en la infinita familia…
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17/04/10 23:53

Todos los granjeros en cincuenta millas a la redonda sabían de las habilidades del chico de los Smith. Las vecinas del pueblo, que le habían comprado tartas y cerveza cuando era pequeño, contaban a quien quisiera escucharlas que con la ayuda de sus maravillosas piedras podía adivinar el escondrijo de cualquier cosa. Joseph intuía la escurridiza presencia de cofres de oro ocultos bajo tierra o de antiguas minas de plata explotadas por españoles; incluso le habían visto presentir el minúsculo rastro dejado por un mondadientes extraviado entre la paja del suelo. Una cuadrilla excavó por todo el condado, pero su entusiasmo pronto disminuyó en proporción directa al volumen de tierra desplazada. Parecía que los poderes de Joseph no bastaban para dar el paso final. Siempre había un hechizo demasiado poderoso que ocultaba el lugar exacto del tesoro o éste se negaba a manifestarse por no haber sabido tener la boca cerrada. A pesar de estas señales, nadie supuso que aquel chico de diecisiete años iba a ser el elegido…
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07/04/10 02:22
Existe una curiosa raza de perdedores natos que acaricia el éxito al menos una vez en la vida. Algunos incluso saltan de triunfo a triunfo, ignorantes de su auténtica naturaleza. Richard Brautigan formaba parte de aquella misteriosa hermandad de aparentes vencedores que intuyen oscuramente que pertenecen al fracaso. Escribió
La pesca de la trucha en América, la bomba literaria más prometedora de 1967. Sus tres millones de ejemplares señalaron la cima en la vida de una joven promesa, y al mismo tiempo, el comienzo de un perseverante descenso hacia la nada en su carrera como maduro hombre de letras. Los siguientes doce años perdió lectores, respeto y reputación con una constancia admirable, hasta que hubo de afrontar lo que siempre había sospechado. Su tiempo había pasado. La revelación le sobrevino en su vieja casa de la playa, en la sala de estar, frente a un gran ventanal que permitía asomarse al Pacífico en las tardes de buen tiempo. Un disparo en la cabeza con su Magnum calibre 44 no bastó para detener la mala racha…
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22/03/10 00:53

Cuando la galante expedición se acogió a los muros de la fortaleza de Silling, lo primero que hicieron los señores fue redactar leyes para aquella sociedad de amos y esclavos, pues incluso las orgías más desenfrenadas necesitan de un gobierno y de una apariencia de orden que poder romper. Mandaron servir el desayuno en la cama a las diez de la mañana y que las fatigosas jornadas de sexo y depravación cesaran a las dos de la madrugada. Se ocuparon de todos los detalles en el intervalo entre aquellos dos momentos del día, los únicos inocentes de cada velada: cómo debían vestir en la asamblea nocturna las historiadoras que excitaban la imaginación con sus recuerdos, cómo habían de ser las cadenas que sujetaban el aprisco de niños y niñas, cómo debía comportarse aquella comunidad de víctimas para dar placer y dolor por igual a sus cuatro temibles señores. El uno de noviembre estuvo todo listo. En el centro de la sala principal del castillo aguardaba un trono. A una señal, la primera vieja puta tomó asiento…
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14/03/10 01:39
El veintinueve de febrero de 1784, a las nueve de la noche, trasladaron al misterioso preso número seis de la cárcel de Vincennes a su nuevo destino. Fue un parto doloroso. Los guardias hubieron de arrancarlo a tirones de entre aquellas paredes que la fuerza de la costumbre había convertido en su hogar y arrastraron a empellones al prisionero por todo el castillo, hasta introducirlo en un carruaje que aguardaba en el patio. El viaje fue breve. Lo alojaron en una celda de la torre de
La Liberté, en la Bastilla. Era un sombrío hueco octogonal de cinco metros de diámetro, techos altos y paredes encaladas que el preso midió con sus pasos, furioso, mientras esperaba que los guardias llevaran sus cosas. Hasta el día siguiente el marqués no pudo decorar la habitación a su gusto: tapices, varios retratos de sus hijos, algún ramo de flores y una hermosa biblioteca cerrada con llave que custodiaba la respetable suma de seiscientos volúmenes. En cuanto pudo, Sade debió escribir una carta a su mujer…
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23/02/10 01:49
El pasado mes de diciembre murió Kim Peek víctima de un ataque al corazón. Se fue como vivió, de puntillas y en silencio. Tan tímido era que no se atrevió a mirar a nadie a la cara hasta bien cumplidos los treinta y ocho años. Sorprende, en cambio, la discreción con la que los medios de comunicación han acogido la noticia. Los hombres no siempre tenemos el privilegio de asistir a un prodigio.
Cuando nació, los médicos reservaron sus peores augurios para los padres de Kim: su enorme cabeza y una deformidad en el encéfalo presagiaban una larga vida de dolor. Pero aquel niño prosperó y a los deiciséis meses ya devoraba cada libro que ponían ante sus ojos. Bastaba con que le hicieran seguir con el dedo índice las palabras y el contenido pasaba a formar parte de su persona, como el color de sus ojos o el timbre de su voz. Esta educación elemental fue suficiente para que memorizara todas las obras de Shakespeare y el Viejo y el Nuevo Testamento…
Lee más...16/02/10 23:59
Volos es como tantas otras. Ni muy grande, ni muy pequeña. Una vía de tren la recorre hasta el puerto como una antigua cicatriz. Polígonos industriales en las afueras. Casas y más casas en el centro, todas nuevas y de parecida altura. Nada distingue a Volos de otras ciudades incoloras, inodoras e insípidas, pero no siempre fue así. La ciudad muere de golpe al Este, como si las calles quedaran sin resuello al trepar por la ladera. Es el comienzo del monte Pelión. A la sombra de sus pinos –idénticos a los de ahora, pues a diferencia de los hombres los árboles no cambian–, se peinaban las ninfas y en una de sus cuevas vivió Quirón, el centauro que educó a Aquiles y a Teseo. Allí manaba el Anauro, apenas un arroyo que alimentaba la ciudad que crecía a sus pies. Porque has de saber que la previsible Volos fue antes Yolco, y por sus calles de tierra caminaron hombres desnudos y hombres vestidos de bronce…
Lee más...05/02/10 21:40
Un mar de cabezas enlutadas festoneaba los Campos Elíseos el uno de junio de 1885. Hasta el Arco de Triunfo lucía extraño, cubierto de tela negra y con crespones que ondeaban con la brisa allá en lo alto. Cuarenta mil agradecidos lectores hicieron noche en la calle para hacerse con un buen sitio y poder quitarse el sombrero al paso de de la carroza fúnebre que transportaba el cuerpo de Victor Hugo al Panteón. Hoy en día puede parecer difícil de creer, sin televisión, ni radio, ni internet, pero más de dos millones de personas se agolparon en las calles, pese a los chaparrones ocasionales y al viento que presagiaba más lluvia, para rendir honores al autor de
Los miserables. Nunca volverá a haber una conmoción semejante por la muerte de un escritor.
Tenemos la fortuna de ser contemporáneos de otros tres escritores inmensamente famosos, amigo lector…
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