El reino improbable

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Un noche, a finales de julio de 1865, el señor Matthew Dowdy Shiell navegaba a todo trapo rumbo a su casa en la isla de Montserrat con el alma en un puño. Tras casi veinte años de honesto matrimonio, una goleta y ocho hijas, su mujer, la antigua esclava Priscilla Ann Blake, había parido un varón. El señor Shiell se sentía en la cima del mundo, ¿cómo no estarlo? Era más blanco que la mayoría de sus vecinos, mucho más educado y se había convertido en un respetado miembro de la comunidad que lo mismo cortaba trajes que comerciaba por las Antillas o predicaba desde el púlpito. Creía ver en el horizonte la gibosa silueta de Montserrat, cuando al pasar cerca del islote de Redonda quedó un rato ensimismado mientras contemplaba cómo las olas rompían contra el acantilado a la luz de la luna…

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La Biblia Satánica

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Como todas las religiones, el satanismo requiere una participación activa del que la practica. Exige creer en el diablo, en la verdadera naturaleza del mal y en una misteriosa existencia fuera de la breve duración de la vida de los hombres. Más razonable, más tranquila, infinitamente más accesible, la iglesia fundada por Anton Szandor LaVey sólo pide a sus fieles dejarse llevar.

Howard Stanton Levey nació en Chicago en 1930 en el seno de una anodina familia de escaso fervor religioso. Su padre fue un oscuro vendedor dedicado a la compraventa de repuestos de automóviles. Su madre provenía del interminable aluvión que emigró a los Estados Unidos buscando una nueva oportunidad. Más tarde LaVey fantaseó con una imaginaria abuela gitana que le introdujo en el lado oscuro, contándole historias de hombres lobo y vampiros. Cuando la familia emigró a California, el muchacho apenas se distinguía de todos los adolescentes del mundo: era tímido, mal bailarín e impopular entre las chicas…Lee más...

Los libros mudos

rongorongo

Heródoto narra en una memorable página la inquieta curiosidad del faraón Psamético por saber cuál fue la lengua original de la humanidad. Psamético apartó dos niños recién nacidos de entre sus súbditos y los entregó a un pastor, ordenándole que nunca pronunciara palabra en su presencia. Obediente, el hombre los crió encerrados en una perfecta quietud, ajenos a todo en su choza del desierto, y cada día se acercaba a una hora señalada con su rebaño de cabras para alimentarlos con leche. Pasaron dos años. Una mañana en la que el pastor abrió la puerta como siempre hacía, los niños se abrazaron a sus piernas mientras pedían becós. La escena se repitió a partir de entonces hasta que el divino faraón acudió a aquella lejana choza para presenciar el prodigio. Mandó averiguar a qué extraña lengua pertenecía la palabra. Alguien le hizo saber que los frigios llamaban así al pan y desde entonces los egipcios consideraron que los frigios son el pueblo más antiguo de todos. A nadie, ni siquiera a Heródoto, se le ocurrió pensar que aquellos dos críos únicamente habían aprendido a balar, igual que las cabras que a diario escuchaban mientras comían…

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