Pasiones bibliófilas

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En 1653, Sabbatai Zevi, uno de tantos mesías que el pueblo de Israel se ha dado, decidió afirmar su autoridad casándose con los Rollos de la Ley. La boda se celebró en Salónica ante numerosos testigos, y mientras la Torá aguardaba impaciente a su esposo vestida de novia, Sabbatai deslizó el anillo en uno de los rodillos que sirven para desplazar el texto. Es el único caso que se recuerda de un hombre casado con un libro, y no ante un libro. Con ser mucho, no es nada comparado con la devoción que Frederic R. Marvin guardó a su favorito. Exigió que tras su muerte abrieran su pecho, y bajo las costillas, bien cerca de su corazón, enterraran cierto pequeño volumen que había atesorado durante largos años…Lee más...

El demonio de las erratas

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Una mañana, hace ya demasiado tiempo, los lectores del periódico más beato de Córdoba se desayunaron con un titular a toda plana que atragantó el café a más de uno. La víspera se habían celebrado con gran afluencia de público los fastos de la Purísima Concepción. Bastó una travesura, una juguetona t que acudió donde no debía, para que despidieran sin posibilidad de readmisión al corrector y a un alto cargo del periódico. Y es que las erratas son viejas conocidas de literatos e impresores. Los correctores puntillosos distinguen entre erratas si son de infantería, gazapos cuando abruman el texto, moscas si cubren abundantes la superficie de la página, y lapsus cálami, que nacen por un error del que escribe. Luis Cernuda decía de ellas que eran la caries de los renglones. Alfonso Reyes las llamó "lepra connatural del plomo". Para José Martínez de Sousa son, simplemente, heridas en el texto.

De esas heridas da fe un periodista que escribió una loa a la hija del dueño de su periódico. Terminaba así…
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El evangelio secreto de Marcos

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Hubo un tiempo en el que la teología fue una pasión popular. Entre los siglos I y V de nuestra era, todo Oriente hirvió con la secta de los cristianos y sus mil variantes. Estaban los marcionistas, que afirmaban que el dios de los judíos era un impostor. Los despreciables carpocratianos, practicantes del sexo sin límites. Fatigosos criminales que intentaban recorrer todas las aberraciones para evitar reencarnarse de nuevo. Los valentinianos, que acusaban a Dios de ser un estúpido engendro culpable de nuestro defectuoso universo. Y también los fibionitas, que ingerían su semen diciendo "Éste es el cuerpo de Cristo", y bebían el menstruo de sus mujeres recitando "Ésta es la sangre de Cristo". Los oscuros ofitas, adoradores de la serpiente en sus misas, a la que besaban y veneraban por haber tentado a Eva. Y los cainitas, basilideanos, montanistas, adamitas –que renegaban de su ropa y comulgaban desnudos–, docetas…Lee más...

Un asunto tenebroso

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Ignoramos si los muertos nos prestan mucha atención, lo que es seguro es que los vivos los vigilamos de reojo. Nos fascinan por su estado mineral y esa mezcla de tozudez y resignación. Nos atrae su porción de eternidad recién adquirida. Cavilamos sobre sus nuevos gustos y costumbres, tal vez delicados o tal vez repugnantes. Nos preguntamos a qué dedican sus interminables horas tumbados, ahora que son dueños del tiempo, siempre acostados boca arriba, escuchando el levísimo crujido de las tablas y el lento acomodo de la tierra en las grietas del ataúd. Y si aún aman, odian o padecen. Esta historia va por ellos…

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