26/05/09 09:28
Empezamos por un desengaño: el
Necronomicón no existe. Lo soñó un pobre hombre, un solitario, que en 1922 incluyó por primera vez aquel libro imaginario en un cuento titulado
El sabueso. Lovecraft era capaz de responder con larguísimas epístolas a cualquier admirador adolescente que le escribiera. Era su forma de relacionarse con el mundo, porque ahí podía demostrar su sentido del humor, su simpatía secreta, sus vastos saberes. Más de sesenta mil cartas lo demuestran.
Aquel grupo de corresponsales empezó a imaginar libros que nunca fueron, para distraer el tedio de una realidad que les agobiaba. Algunos resultaron auténticos, como
De Masticatione Mortuorum in Tumulis, libro de formidable título incapaz de ser ignorado. Otros salieron de la nada, como el
Libro de Eibon…
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19/05/09 09:24

Las historias de mensajes y botellas son un pequeño, pero verde brote en el viejo tronco de la literatura. Hay magia cuando echamos la botella al mar, y pensamos luego a dónde la llevará la corriente, cuánto durará su viaje, y si alguien, alguna vez, leerá su contenido. Porque se escribe, siempre, siempre, para otro. Incluso los diarios más íntimos suponen la existencia de un lector hipotético que pasee sus ojos por la página, vuelva la hoja y siga leyendo. Náufragos de todas las épocas se han formado ideas parecidas cuando escribían su urgencia y contenían su aliento, mientras la botella formaba una parábola para hundirse un momento en el mar antes de iniciar su viaje…
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11/05/09 16:33

Nuestra historia comienza con un fogonazo de luz. Es la puerta del Hotel Washington, en la virginiana ciudad de Lynchburg, que gira para franquear el paso a un forastero guapo, moreno y misterioso, como los de leyenda. Tres meses estuvo alojado, y las mujeres que cloqueaban junto a Robert Morriss, el dueño del hotel, apenas consiguieron sonsacar su nombre. Un buen día el señor Thomas J. Beale –pues así se llamaba– montó su caballo, picó espuelas, y marchó al trote por donde había venido. Su ausencia dejó un poso de expectación y aventura que quedó flotando, nostálgico, en la atmósfera del pequeño hotel. Pero para sorpresa de Morriss y alegría de sus huéspedes, el jinete volvió dos años después. Cargaba con una sólida caja de hierro que confió al dueño del hotel advirtiéndole que su interior guardaba papeles de suma importancia. Como en los cuentos, otros tres meses pasaron y el forastero volvió a desaparecer, esta vez para siempre. El señor Morriss se rascó la cabeza, dio una patadita a la caja, y la guardó a buen recaudo…
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04/05/09 21:17
Si alguna tarde fueras tan afortunado como para callejear sin rumbo por París, deja que tus pasos te lleven a la Rue Chaptal, bien cerca de la Plaza Pigalle. A medio camino, un callejón como abierto a cuchillo se abrirá a tu derecha y verás al fondo un antiguo edificio cuya fachada ha conocido tiempos mejores. Pocos saben que aquel hueco fue el lugar más terrorífico de París durante sesenta y cinco años. Allí se abría la puerta al infierno, la casa del Gran Guiñol.
Nació como capilla de convento, cuando el lugar todavía era suburbio y los caminos, barro y tierra pisada. Fue luego taller de herrero y estudio de pintor. Por fin, cuando sus paredes estuvieron saturadas de aquellas presencias, la casa convocó a su próximo inquilino. El secretario de la policía y escritor Oscar Méténier sintió la llamada en 1897, y convirtió en teatro aquella extraña construcción…
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