26/11/09 00:23
Antonio Magliabecchi no fue real hasta cumplidos los cuarenta. De niño no pasaba de ser un proyecto, un embrión de lo que luego llegó a ser. Tuvo una madre que se ocupó de enseñarle las cuatro reglas, un latín rudimentario y algunas nociones de dibujo. Le echó al mundo en cuanto emplumó y respiró aliviada cuando supo que entró como aprendiz de orfebre en un pequeño taller de Florencia. Nada sabemos de los años infantiles de Magliabecchi, pero algo brillaba en aquel concentrado aprendiz que llamó la atención del bibliotecario del Cardenal Leopoldo de Médici. Desconocemos si cuidó de Antonio como si fuera su hijo –por amor–, o por llevar a cabo un curioso experimento, pero le enseñó griego y hebreo, y consiguió que su dominio de latín fuera más que aceptable.
Nuestro hipotético benefactor hubo de presenciar, como el que riega una planta carnívora o cría un tigre, el monstruoso despertar del fenómeno. Debió quedar fascinado viéndole devorar libro tras libro durante días enteros sin ganas de comer ni de dormir…
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18/11/09 23:37
Nadie niega que Dipendra Bir Bikram Shah fuera un romántico. Adoraba
Romeo y Julieta, y cuentan que era capaz de recitar de memoria largos pasajes con la mirada perdida en el vacío. En Verona contempló escandalizado cómo largas filas de turistas profanaban el balcón de la pareja, y juró a su sombra que el verdadero amor no debía doblegarse ante nada. No tenía nada de extraño. Dipendra era como un príncipe de cuento. Algún día reinaría en el remoto Nepal y su pueblo se postraría ante él, igual que reverenciaba a su padre, a quien tenía por Vishnú encarnado. Como en las leyendas, como en
Macbeth, una profecía agobiaba los hombros del joven príncipe. No podía casar antes de los treinta y cinco años o un gran desastre asolaría el reino. Pero Virendra era joven y enamoradizo, y el destino quiso que conociera en una fiesta a la hermosa Debyani Rana mientras estudiaba en Inglaterra. La bella pertenecía a un clan enemigo…
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